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Historia
Historia
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Prehistoria
La presencia humana en la región del Cantábrico se remonta a hace unos 100.000 años, a finales del Paleolítico Inferior –período interglacial-, extendiéndose a lo largo de una estrecha franja costera entre la zona central de la actual Asturias y los Pirineos occidentales. De aquel período se conservan restos de útiles tallados en piedra (cuarcita u ofita), caso de los bifaces, hallados en algunas cuevas y yacimientos al aire libre. Eran poblamientos próximos a la costa y en valles bajos, junto a ríos, de chozas construidas con ramas o pieles, asentamientos eventuales de pequeños grupos familiares o clanes dedicados a la caza y la recolección. .
En la transición del Paleolítico Inferior al Paleolítico Medio, (hace 95.000 años), la cornisa cantábrica sufre un fuerte enfriamiento climático, alterando el entorno natural y trasladando la línea de costa varios kilómetros hacia el interior del mar, proliferando en la Cordillera glaciares. Es el momento de la ocupación masiva de cuevas habitadas por una nueva especie, el Neanderthal. Éste desarrollará la industria lítica heredada del período anterior, perfeccionando el tallado de instrumentos dirigidos principalmente a la caza. La preeminencia de la piedra como materia prima no obsta para que también utilizaran otras, caso de la madera. .
El último período Paleolítico, el Superior, se inició hace 35.000 años, y se prolongó hasta el final de la última glaciación, hace 10.000. En el asistimos a la extinción del Neanderthal y su sustitución por el Homo Sapiens Sapiens, impulsor de un importante avance tecnológico y cultural que significó el cenit cultural del Paleolítico: aumento demográfico, compleja organización social (división del trabajo), cuevas mejor acondicionadas y compartimentadas, evolución y mayor especialización de la industria lítica y la ósea (azagayas, “bastones de mando”). .
El desarrollo de las culturas del Paleolítico Superior en Cantabria estuvo al nivel de sus homólogas europeas, gracias a la combinación de diversidad ecológica y abundancia de cavidades naturales, constituyendo un verdadero filón arqueológico. Contamos por ello con un patrimonio de valor incalculable, repartido por una infinidad de cuevas en las que se ven representadas todas las fases del Paleolítico Superior: Altamira, El Castillo, La Pasiega, Las Monedas, Covalanas, Hornos de la Peña, El Pendo... Esta producción se compone tanto de Arte Mueble o Mobiliar (grabados o pinturas realizados sobre objetos transportables como huesos, caparazones, dientes y astas que constituían armas, útiles, adornos y objetos votivos), como de Arte Rupestre o Parietal, ejecutado sobre paredes de cuevas. .
A partir de hace 10.000 años el final de la glaciación marca la clausura del Paleolítico, iniciándose el proceso de transición hacia el Neolítico. El retroceso del frío trae consigo, en Cantabria, una nueva línea de costa, la expansión de los bosques y, con ello, la transformación de la fauna. Estos cambios obligaron a aquellos grupos humanos a adaptarse a las nuevas condiciones: decadencia de los patrones culturales paleolíticos y explotación más diferenciada de los recursos. .
El Neolítico convive en Cantabria durante mucho tiempo con el Epipaleolítico, coexistiendo una economía depredadora con otra productora. La expansión de esta última vendrá acompañada de un fenómeno común al de otras regiones atlánticas europeas: el Megalitismo, la elevación de grandes piedras con finalidad funeraria o ritual: menhires, dólmenes, cromlechs, alineaciones... Manifestación cultural vinculada a la ganadería pastoril trashumante, propiciada por las características naturales de Cantabria, .
El largo proceso de “neolitización” se prolongará a través de la Edad de los Metales, que en Cantabria se desarrolla con tardanza cronológica. Así el Calcolítico, caracterizado por la coexistencia de útiles de piedra y cobre y vinculado a la cerámica “campaniforme”, se introduce en la segunda mitad del III milenio. La Edad del Bronce se desarrolla entre 1.800 a. C. y 700 a. C., incorporando la aleación de cobre y estaño, ambos muy escasos en Cantabria, por lo que la presencia de estos materiales respondería a la existencia de contactos comerciales con otras regiones. .
Es una época de crecimiento demográfico y ocupación de nuevos espacios, permitiendo la extensión de la ganadería bovina y porcina, junto a la ovina y caprina en menor medida. El fin de los enterramientos colectivos indicaría una incipiente estratificación social que acabará con la sociedad igualitaria y colectivista que había caracterizado a las comunidades cazadoras. .
A partir del 700 a. C. se extiende el uso del hierro, abundante en Cantabria, iniciándose así las actividades mineras en nuestra región (Peña Cabarga, zona de Castro-Urdiales). Esta última fase de la Prehistoria se extiende hasta la misma llegada de los romanos, introductores de los primeros textos escritos. .
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Imperio Romano
La primera referencia escrita del nombre de Cantabria se remonta al año 195 a. C., en el que el historiador Catón el Viejo habla en su libro Orígenes del nacimiento del río Ebro en el país de los cántabros: .
A partir de aquí las citas acerca de los cántabros y Cantabria se suceden continuamente, puesto que los cántabros se empleaban como mercenarios en diferentes conflictos tanto dentro como fuera de la Península. Hay constancia de que participaron en la guerra de los cartagineses contra Roma durante la segunda guerra púnica por las referencias de Silio Itálico (libro III) y Quinto Horacio Flacco (lib. IV, oda XIV). También se les menciona durante el sitio de Numancia llevado a cabo por Cayo Hostilio Mancino, que se dice levantó el sitio a la ciudad y huyó al ser informado de que cántabros y vacceos acudían en su auxilio. .
La mayor parte de las referencias posteriores aparecen a raíz del inicio de las Guerras Cántabras contra Roma en el año 29 a. C. Se conservan en torno a 150 referencias de este pueblo de cuya fama dejan constancia textos griegos y latinos. Su territorio rebasaba significativamente los límites de la actual comunidad autónoma de Cantabria, localizándose al norte con el mar Cantábrico, nombre con el que le bautizaron los romanos; al oeste con las cumbres occidentales del valle del río Sella, dentro del actual Principado de Asturias; por el sur se extendía hasta el castro de Peña Amaya, en la actual provincia de Burgos, y al este se extendía hasta casi Castro-Urdiales, en torno al río Agüera. .
La fundamental huella que los romanos imprimieron en la civilización occidental se debió al proceso de romanización que impulsaron en todas las tierras conquistadas, sometiendo a sus pueblos a una aculturación que los incorporaba paulatinamente a las estructuras económicas, sociales, políticas y culturales del Imperio. Y siendo Roma una ciudad-estado, aquel proceso lo realizó a través de un modelo urbano. En Cantabria (integrada en la provincia Tarraconense) la romanización fue tardía e incompleta, consecuente con una débil urbanización. Si en el siglo I d. C. fuentes latinas hablan de varias civitates, éstas se refieren a pequeños núcleos en los que asentó a las antiguas tribus, obligadas a abandonar sus poblados en los montes para evitar nuevas rebeliones. La única ciudad considerada como tal por los propios romanos era Julióbriga (Retortillo, junto a Reinosa), fundada en el 26 a. C. como base de la ofensiva militar y convertida posteriormente en la capital civil del territorio. Aparte de ella Flavióbriga (Castro-Urdiales) en el 74 d. C. logró, en tierra de Autrigones, el importante status de colonia gracias al asentamiento de numerosos ciudadanos romanos, posiblemente ex legionarios dedicados a la pesca, el comercio y la exportación de hierro. .
La superficial romanización de la cornisa cantábrica se debió a su condición de territorio remoto y marginal, fuente de explotación agropecuaria y minera (hierro, sal, blenda, plomo y zinc) en beneficio de la metrópoli romana. Este hecho queda patente en la organización de la red viaria, orientada a la exportación de aquellas materias primas. Los romanos establecieron dos vías de salida, una terrestre siguiendo el valle del Ebro hacia Tarraco y Burdeos, y otra marítima, en dirección a la Galia o circunnavegando la Península hacia Gibraltar, para lo cual fundaron una serie de puertos en la costa: Portus Vereasueca (San Vicente), Portus Blendium (Suances), Portus Samanum (Castro), Portus Victoriae (Santander). Conectando ambas salidas se orientaron varias calzadas transversales que recorrían de sur a norte la región. .
De estas últimas sólo tenemos constancia de tres en nuestra región. La que comunicaba con la Meseta a través de Campoo y el corredor del Besaya; la que cruzaba el valle de Mena y las Encartaciones hasta Flavióbriga; y la que enlazaba Campoo y Cabuérniga con la costa occidental. Se especula igualmente con la existencia de una Vía Aggripa que corriera paralela al litoral, pero hasta ahora no se han hallado vestigios materiales de ella. .
Otro medio de inserción económica y social de los antiguos cántabros en el Imperio fue el ejército. Pueblo guerrero, no era extraño su enrolamiento en las legiones, existiendo vestigios epigráficos de su presencia en Britania, Germania, Palestina o Numidia, siempre destinos remotos que alejaran el peligro de insurrección armada. Para prevenir esta amenaza en Cantabria permaneció asentada hasta el 39 d. C. la Legión IV Macedónica, acampada seguramente en la zona de Aguilar de Campoo. Trasladada posteriormente a tierras germánicas, la responsabilidad de vigilancia del norte peninsular recayó hasta la desaparición del Imperio en la Legión VII Gémina, cuyo campamento daría origen a la ciudad de León. .
En fin, tras cuatro siglos, la romanización no pasó de ser un barniz superficial cuya única herencia perdurable fue la sustitución de las antiguas lenguas cántabras por el latín. Seguramente existió una élite cántabro-romana, urbana, culturalmente integrada y monopolizadora de los altos cargos administrativos. Pero con las invasiones germánicas del siglo V resurgieron los antiguos modos de vida y las formas sociales prerromanas basadas en pequeños grupos pastoriles, así como las seculares creencias, nunca perdidas por el grueso de la población. .
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Edad Media
En el siglo III el Imperio Romano atravesó una profunda crisis económica, social e institucional que inició un proceso de transformación estructural acentuado en las dos siguientes centurias, con la irrupción de pueblos del centro y este de Europa atraídos por la mayor riqueza de las tierras sudoccidentales. El resultado de ese proceso fue el fin de la Antigüedad y el inicio de una nueva civilización, la del Medievo, síntesis cultural del encuentro y fusión de los pueblos germánicos con la civilización grecorromana. .
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Alta Edad Media
En Hispania se sucedieron las invasiones a partir del 409, penetrando sucesivamente Suevos, Vándalos, Alanos y, especialmente, Visigodos, asentados en Galia e Hispania tras un acuerdo con Roma (416). A partir del siglo VI estos últimos se establecen definitivamente en la Península con intenciones hegemónicas. .
Los cántabros mantuvieron su recuperada independencia frente al reino visigodo, hasta la ofensiva del rey Leovigildo (574), iniciada a causa de la recuperada costumbre de saquear las regiones cerealísticas meseteñas. El dominio visigodo, en todo caso, fue precario e incompleto, restringido a Amaya y a la vertiente sur de la cordillera, zona en la que se configura una provincia visigoda denominada Ducado de Cantabria (ver imagen), que serviría a modo de marca o zona fronteriza para controlar tanto a los cántabros como a sus vecinos los vascones. Al norte de la cordillera, entre tanto, los cántabros continuarían con su forma de vida hasta la invasión árabe. La llegada de los primeros misioneros cristianos (caso de San Millán o Santo Toribio) pocas repercusiones tuvo en un entorno predominantemente pagano. .
Cántabros, astures y vascones continuaron siendo foco de conflictos para el inestable reino visigodo hasta su desaparición a comienzos del siglo VIII. De hecho, en el momento de la islámica (711), el rey Rodrigo se encontraba en plena campaña militar al norte de sus dominios. .
En el año 714 los musulmanes invaden los valles altos del Ebro y llegan a conquistar Amaya, la capital cántabra, obligando a los cántabros a ceñirse a las tradicionales fronteras bélicas, para organizar su defensa. Atendiendo a las primeras crónicas de la Reconquista sigue apareciendo Cantabria definida como unidad territorial. Así, en la Crónica Albeldense al tratar de Alfonso I dice «iste Petri Cantabriae ducis filius fuit», con lo que, junto a la figura de Pedro, se nombra el título de Duque de Cantabria, que atestigua la territorialidad de su ducado. .
Tras la invasión, en 722, un caudillo local llamado Pelayo lograba una victoria militar contra tropas islámicas en Covadonga. Aquel hecho traerá importantes consecuencias para Cantabria, originando una nueva entidad política en la que quedará englobada. El pequeño dominio de Pelayo al abrigo de los Picos de Europa, durante el reinado de su yerno Alfonso I (739-757) hijo del duque Pedro de Cantabria, logró consolidarse como el Reino de Asturias. Se extendió por toda la Cornisa Cantábrica al oeste del Nervión, protagonizando una serie de campañas contra el Al-Andalus que provocaron el despoblamiento de la cuenca del Duero. Expansión paralela a una reorganización del poblamiento, germen de la actual caracterización de las comarcas cántabras. .
Es en el siglo VIII, por tanto, cuando se asientan las bases socioeconómicas y culturales de la Cantabria actual. Se alteran bruscamente los modos de vida, con el asentamiento de población hispano-romana y visigoda, introductora del cristianismo, y se reorganiza el poblamiento sobre nuevas pautas socioeconómicas y culturales, con asentamientos permanentes en los valles, fructificando la agricultura (cereal, vid, frutas) y consolidándose la ganadería. La estructura tribal prerromana desaparece sustituida por familias nucleares cristianas. Cambios que van implantando la sociedad feudal: apropiación de las tierras productivas por monasterios y algunos nobles y sometimiento de la población mediante lazos de vasallaje. .
Cambios impuestos con fuertes tensiones, caso de las rebeliones de siervos estalladas durante los reinados de Aurelio (768-764) y Alfonso II el Casto (791-842), probables revueltas autóctonas contra el nuevo orden sociopolítico, duramente reprimidas. .
Asimismo, la triunfante presencia cultural del cristianismo basculó tanto en la asimilación de los cultos naturalistas, situando iglesias sobre antiguos lugares sagrados, como en la violenta represión del paganismo. .
Las repercusiones, sin embargo, no fueron iguales en todas las comarcas. Si Campoo y Valderredible continuaron desiertos y los valles de Nansa y Saja tampoco fueron significativamente poblados, Trasmiera y Asturias de Santillana asumieron las innovaciones con cierta lentitud, descollando Liébana como punta de lanza del nuevo orden, beneficiada por su proximidad a los centros de poder (Cangas de Onís, Oviedo, León) y a su aptitud climática favorable a cereales y viñedos. .
La comarca lebaniega se instituyó así en refugio de la cultura latina e hispanogoda exiliada del vasto territorio dominado desde Córdoba, conservada en sus numerosos monasterios, pilares de la nueva sociedad feudal. A uno de ellos, San Martín de Turieno (actual Santo Toribio), llegó desde Astorga para resguardarlo de la ofensiva islámica el Lignum Crucis, el fragmento más grande conservado de la cruz de Cristo, entre la multitud de presuntos trozos presentes por todo el antiguo continente. .
En este crítico período destaca el monje Beato, adalid de la ortodoxia católica y la intolerancia religiosa contra la herejía adopcionista (la del cristianismo mozárabe que convivía en tierras de Al-Andalus), y autor de los Comentarios al Apocalipsis, joya literarias del cristianismo altomedieval. Impulsó el mito de la presencia de Santiago en Hispania, germen del milagroso descubrimiento de su sepulcro en tierras gallegas (814). .
Simultáneamente florecía un estilo arquitectónico singular, denominado Arte de repoblación, presente en las construcciones religiosas de características prerrománicas que proliferaron por la región. .
Iglesias y monasterios erigidos en centros económicos y administrativos de los espacios agrícolas circundantes: Santo Toribio y Santa María de Piasca en Liébana; Santa Juliana, Emeterio y Celedonio, y Santa Cruz de Castañeda en Asturias de Santillana; Santa María de Puerto en Trasmiera o San Pedro de Cervatos, San Martín de Elines y Santa María de Aguilar en Campoo. Los campesinos les cedían la propiedad de la tierra que trabajaban a cambio de protección (material y espiritual), pagada con una parte de los productos cultivados; otras veces laboraban como arrendatarios o colonos parcelas propiedad de los monasterios. Su abundancia inicial menguó a causa de la pugna por el control de la tierra que se estableció entre ellos, persistiendo finalmente los más poderosos. A la larga, sin embargo, caerían todos bajo la influencia de los más fuertes y ricos monasterios castellanos. .
Proceso paralelo a la integración de las comarcas cántabras en el reino de Castilla, sustentada en una complementariedad económica basada en la utilización de los pastos cántabros por la ganadería extensiva castellana, causa de la implantación de grandes propiedades laicas y eclesiásticas en ambas vertientes de la cordillera. .
A partir de este periodo las fuentes documentales apenas sí hacen referencia a Cantabria con este nombre, dado que prevalecerá el de "Asturias", Asturias de Oviedo; con las comarcas denominadas Asturias de Santillana, Asturias de Trasmiera y Asturias de Laredo. .
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Baja Edad Media
La consolidación y expansión experimentadas por el feudalismo europeo entre los siglos XI y XIII tuvo su expresión en la Península Ibérica en el fuerte avance que los reinos cristianos protagonizaron frente a la España musulmana, reducida a partir de entonces al reino nazarí de Granada. Tal proceso habría de tener importantes repercusiones en Cantabria. .
El avance de los reinos cristianos hacia el sur propició el desplazamiento de los centros de decisión hacia la Meseta, relegando a los antiguos núcleos cantábricos a una posición marginal. Sin embargo el desarrollo del feudalismo ibérico y la expansión del reino castellano propiciarán un nuevo y relevante papel histórico a la costa cantábrica. En el siglo XII, bajo el reinado de Alfonso VIII, la corona de Castilla decidió impulsar el desarrollo de cuatro puertos cántabros. El objetivo, vinculado a las estrategias políticas y económicas del reino meseteño, era doble: habilitarlos para desarrollar las relaciones comerciales con la fachada atlántica europea y consolidar la frontera marítima de Castilla en un momento en el que los estados medievales reforzaban el control de sus territorios en toda la Europa occidental. .
Es este el origen de los Fueros concedidos a los puertos de Castro-Urdiales (1173), Santander (1187), Laredo (1200) y San Vicente (1210), junto al de Santillana del Mar en 1209 (transformándola en la capital del territorio conformado por las Asturias de Santillana). Tales fueros constituían textos legales que reconocían una serie de privilegios: status de villas, autonomía municipal, exacciones fiscales (en portazgos y peajes)... El consecuente crecimiento económico impulsó el incremento demográfico y un desarrollo urbano plasmado en una morfología más regular y en la elevación de unas murallas concebidas como frontera simbólica entre el nuevo y pujante mundo urbano y su entorno rural. .
La nueva posición de Cantabria como frontera marítima y nudo comercial del reino de Castilla facilitó una mejor integración económica con la Meseta, aunque el desarrollo comercial no pasara de modesto a causa de la marginalidad del territorio, entorno pobre, rural y señorial marcado por deficiencias estructurales que impidieron la extensión de las innovaciones más allá de los núcleos costeros. Se perpetuaba con ello la desvertebración de los distintos ámbitos que fragmentaban el territorio cántabro (villas y valles, costa e interior, llanos y montaña) desde los albores del medioevo. .
El esplendor de las villas marineras impulsó el desarrollo del Gótico en Cantabria. Arte urbano evolucionado a partir del Románico y extendido por Europa a partir del siglo XII, refleja la ebullición demográfica, económica y cultural vivida por las ciudades del bajomedievo. En la arquitectura gótica los gruesos muros sustentadores dejan paso a pilares y contrafuertes, permitiendo la apertura de grandes ventanales con bellas vidrieras polícromas, inundando de luz las amplias catedrales, mientras que el arco de medio punto y la bóveda de cañón evolucionan hacia arcos apuntados y bóvedas de crucería. Esbeltez y majestuosidad caracterizan a grandes edificios en los que la verticalidad se impone al predominio horizontal del Románico. Los principales ejemplos cántabros los hallaremos, a partir del siglo XIII, en las iglesias de las villas marineras y en monasterios como Santo Toribio o Santa María de Puerto (Santoña). .
Entre las actividades marítimas desarrolladas en las nuevas villas destacará la pesca, antiguo producto de subsistencia cuya comercialización deberá regularse, ahora, mediante ordenanzas concejiles. Simultáneamente se potenciaron industrias como la construcción o la salazón (origen de los alfolíes o depósitos de sal) y se vertebraron nuevas vías comerciales, marítimas y terrestres (ruta del Besaya, las que partían de Castro-Urdiales y San Vicente o el camino Laredo-Burgos). La costa cántabra se instituye en la salida marítima de Castilla, importando manufacturas flamencas, inglesas y francesas (a las que se sumaban hierro, madera, fruta y pescado cántabros) y exportando lanas burgalesas y cereales. Diversificado este mercadeo por el Atlántico y el Mediterráneo, se especializará hacia Flandes en los siglos XIV y XV. .
Tal volumen de tránsito mercantil, favorecido por una época de avances en las técnicas de navegación, supuso una importante fuente de ingresos para los habitantes de las villas y de rentas para la hacienda real. Propició igualmente la especialización y profesionalización de las labores vinculadas a la mar (marineros, maestres, pilotos y remeros), asociándose estos profesionales en Cofradías de pescadores y mareantes. La contrapartida a tal florecimiento fue su obligación de participar con naves y hombres (“tributo de la galea”) en las campañas militares castellanas, destacando la marinería cántabra en la toma de ciudades como Cartagena (1245) y Sevilla (1248). En esta última, al mando del Almirante Ramón de Bonifaz y Camargo, rompieron el puente de barcas que unía Triana y Sevilla, hecho de armas que se representa con una Nao y la Torre del Oro de Sevilla en el escudo de Santander y Cantabria. .
El intenso y conflictivo tráfico portuario desarrollado a lo largo de la costa y la necesidad de defender sus franquicias llevó a los puertos del Cantábrico a asociarse en la denominada Hermandad de las Marismas (1296). De la misma formaron parte Santander, Laredo, Castro-Urdiales (sede de la capital), Bermeo, Guetaria, San Sebastián, Fuenterrabía y Vitoria, incorporándose San Vicente de la Barquera al año siguiente. Erigida en auténtica potencia naval al servicio de la corona castellana, la Hermandad, sin embargo, mantuvo una gran autonomía, implicándose en determinados conflictos (Guerra de los Cien Años) según sus propios intereses. .
El florecimiento de las villas impulsó, asimismo, la diversificación social del mundo urbano, con la aparición de diferentes oficios vinculados a la actividad comercial (portazgueros, guardas, dezmeros, fiadores, mercadores, escribanos), aunque la mayor parte de la población se componía de familias de pescadores que debían compatibilizar sus actividades marineras con la atención a huertos y viñedos. Estructura social polarizada, por tanto, en el que una mayoría heterogénea (el “común”) sin privilegios, sujeta a impuestos y carente de representación en el gobierno municipal, contrastaba con una minoría oligárquica enriquecida (“patriciado urbano”) beneficiaria de exenciones fiscales, privilegios jurídicos y poder político. .
La conexión entre el nuevo mundo urbano y la vida de los valles se produjo a través de estos grupos privilegiados, cuando extendieron sus vínculos al ámbito rural entrelazándose con linajes nobiliarios. Tal conexión, limitada, no propició una verdadera integración campo-ciudad, pero la confrontación entre los diferentes clanes por incrementar sus parcelas de poder provocó un prolongado desgarramiento social en Cantabria trufado de violencia. .
Por otro lado la Baja Edad Media será escenario del debilitamiento de los señoríos monásticos en beneficio de los laicos. A partir del siglo XIII la fuerte expansión territorial del reino castellano hacia el sur peninsular supuso numerosas concesiones a los caballeros que participaron en la misma, en forma de territorios, privilegios fiscales y jurisdiccionales, cesiones mantenidas y aumentadas en los dos siglos siguientes a causa de las guerras dinásticas que desgarraron a la corona. .
Así se extendió por el espacio cántabro una intrincada red de relaciones feudales estructurada mediante vínculos socio-familiares (los linajes), de modo que los miembros de cada familia se organizaban alrededor del pariente más significado (enriquecido por mercedes o heredades). La pugna entre linajes por extender sus intereses e incrementar sus patrimonios les llevaba, por arriba, a vincularse a señores más poderosos y, por debajo, a ampliar su base social integrando nuevos “parientes” de forma más o menos voluntaria. Estrategias desplegadas con constante recurso a la violencia, sumergiendo a la región en una interminable guerra civil. Entre los linajes más poderosos destacaron el de La Vega, el de Manrique o los Velasco, junto a multitud de pequeños señores envueltos en constantes luchas de “banderizas” que ensangrentaron la vida de valles y villas en el contexto de crisis generalizada que afectó a toda la Europa tardomedieval (siglos XIV y XV). Tales pugnas finalizarían con la autoritaria imposición del poder real sobre la levantisca nobleza castellana llevada a cabo por los Reyes Católicos en los albores de la Edad Moderna, lo que no fue óbice para la permanencia de los dominios señoriales hasta la extinción del feudalismo. .
Como reacción al creciente abuso de los señores feudales se produjo el refuerzo de la personalidad de valles y entidades menores, ya que los sectores damnificados por la “ofensiva señorial” se vieron empujados a organizarse en Concejos y Juntas como medio de protección. Tal resistencia, en ocasiones armada, se canalizó a través de la justicia real logrando sentencias favorables tras larguísimos pleitos, logrando defender su condición de tierras de Realengo: dependencia señorial directa del rey sin la interposición de otro señor laico o eclesiástico (“reales valles”). .
Se teje así una organización del territorio en la que el Concejo se consolida como célula básica. Institución rectora local integrada por vecinos que elegían anualmente los cargos institucionales, los Concejos se reunían a su vez en entidades superiores, los Valles (Alfoces o Juntas), para coordinar sus intereses. Estas entidades se integraron asimismo en la estructura territorial extendida por toda la corona castellana a partir del siglo XII: las Merindades. .
Gracias al Libro de las Merindades de Castilla o Becerro de las Behetrías (1352) podemos conocer las entidades que compartimentaban el territorio cántabro bajomedieval: la Merindad de Liébana con sede en Potes, la de Campoo alrededor de Reinosa, las Asturias de Santillana con capital en Santillana del Mar y Trasmiera con sede en Hoz de Anero. Se ha barajado la posibilidad de que entre el Asón y el señorío de Vizcaya existiera una Merindad denominada Vecio, pero la falta de información no ha permitido, hasta el momento, confirmar tal hipótesis. .
A este mapa jurisdiccional se añaden a partir del siglo XIV los Corregidores, representantes reales que podían controlar varias merindades, relegando a los propios merinos (agente real instituido en autoridad fiscal y militar de cada merindad). En Cantabria se establecieron dos corregimientos: uno para Asturias de Santillana, Campoo y Liébana (1396) y otro para las Cuatro Villas y Trasmiera. .
Esta estructura administrativa sobrevivió con alguna modificación, al igual que la sociedad feudal, a lo largo de toda la Edad Moderna hasta su sustitución en el siglo XIX por la estructura territorial liberal sustentada por la provincia y los ayuntamientos. .
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Edad Moderna (siglos XVI al XVIII)
El tránsito a la Edad Moderna no altera en Cantabria el estado de fragmentación territorial heredado del medievo, condicionando una desvertebración a la vez económica, política, institucional y eclesial. Tierras de realengo y de señorío, feudos laicos y religiosos, concejos, valles, merindades y corregimientos tejen la intrincada maraña institucional de una tierra sin conciencia de unidad y que en su conjunto es conocida como “Montañas Bajas de Burgos”, “De Peñas al Mar” o simplemente “La Montaña”. .
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Hidalguía y desigualdad social
En su seno la reunión de pequeños barrios en Concejos sigue constituyendo la célula básica de la organización territorial, órgano en el que se ven representadas las familias vecinas de cada lugar a través de un representante con derecho a voto. Aparente “democracia” desvirtuada por el control que sobre el Concejo ejercían los grandes hacendados, relegando a una mayoría de minúsculos propietarios, colonos y jornaleros obligados a trabajar la tierra de los primeros y sometidos, por tanto, a la autoridad de unos orgullosos linajes acaparadores de la riqueza y el poder político en una sociedad que sancionaba jurídicamente la desigualdad. Sociedad en la que el individuo se veía supeditado a los intereses de la comunidad y en la que el paternalismo emanaba desde las propias familias, unidad básica del entramado social; en su seno se establecía una rígida jerarquización presidida por el varón cabeza de familia a quien se supeditaban por orden descendente los demás miembros, ocupando el último escalafón mujeres y niños. .
La hegemonía social en aquella estructura estamental de las oligarquías rurales, heterogéneas pero cohesionadas, se traducía en la imposición de una mentalidad aristocrática que otorgaba especial relevancia a la hidalguía y la limpieza de sangre. Las redes clientelares tejidas por los linajes nobiliares vinculaban su poder y prestigio a la honorabiliad que envolvía sus apellidos, mentalidad reforzada por la unidad religiosa en torno al catolicismo impuesta a partir de los Reyes Católicos, y que fomentaba la consiguiente intolerancia social frente a minorías e individuos de dudosa ascendencia. Discriminación concretada en el acceso a cargos administrativos y en la represión inquisitorial ante toda actitud heterodoxa, otorgando al estatuto de hidalguía (escalafón básico del estamento privilegiado) el valor de certificado de adecuación social, junto a exenciones fiscales y garantías judiciales negadas a los pecheros (individuos sujetos a impuestos ordinarios). La extensión de la condición de hidalgos (“hijos de algo”) a la mayor parte de los habitantes de Cantabria, les confería un especial orgullo como miembros de una comunidad de castellanos viejos presuntamente no contaminada con sangre musulmana o judía. .
En la cúspide de aquella pirámide estamental y hasta la extinción del Antiguo Régimen los grandes señoríos jurisdiccionales de Cantabria estuvieron controlados principalmente por tres de las grandes familias nobiliarias españolas: los Mendoza (Duques del Infantado, Marqueses de Santillana); los Manrique de Lara (Marqueses de Aguilar de Campoo, Condes de Castañeda) y en menor medida por los Velasco (Duques de Frías, Condestables de Castilla). .
La extensión de la hidalguía ocultaba una sociedad fuertemente polarizada entre una minoría de grandes y medianos propietarios y una mayoría de micropropietarios y campesinos sin tierra en condiciones de subsistencia, al margen de la “pureza” de su sangre. Desigualdad preñada de tensión social, en muchas ocasiones violenta, reflejada en el plano de las mentalidades cuando la [[Iglesia contrarreformista trate de imponer una religiosidad oficial cargada de ceremonial y boato (Concilio de Trento, 1563) sobre un cristianismo popular impregnado de espiritualidad naturalista. Una Iglesia aliada de la aristocracia y que diezmaba los ingresos de esas mismas clases populares para sostener sus privilegios y su hegemonía ideológica. .
Un espacio rural, agrario y señorial en el que contrastaban las villas marineras, limitada presencia del mundo urbano que sufrirá una aguda crisis económica y demográfica en el tránsito del siglo XVI al XVII. Su tráfico mercantil se había resentido ya por la competencia de los puertos vascos desde la posición privilegiada que les otorgaba sus cartas forales, iniciada a finales del medievo y confirmada ahora con la creación del Consulado marítimo de Bilbao (1511). Lejos de conseguir un órgano similar, el comercio cántabro se vio supeditado al Consulado instalado en Burgos desde 1494. Por otro lado con los Reyes Católicos desaparece la Hermandad de las Marismas, sustituida institucionalmente por el Corregimiento de las Cuatro Villas. Pero el golpe de gracia vendrá de la mano de la política imperial impuesta en la península a raíz de la implantación de los Habsburgo en el trono. La supeditación de los intereses castellanos a su estrategia hegemónica en Europa arruinará la economía española, sangrando fiscalmente a su población y diezmándola con una sucesión de guerras, hambrunas y plagas. .
En ese escenario las villas cántabras ejercieron de puertos de embarque y base de la flota del Atlántico, lo que, si en un principio potenció la construcción naval de la región (Astilleros de Colindres), a la larga supuso una sangría de naves y hombres enviados a servir en una armada que debía proteger las vulnerables líneas marítimas coloniales y las dispersas posesiones españolas en Europa. La constante merma de hombres, los ataques protagonizados por la armada francesa y las distorsiones que el tráfico marítimo sufrió a causa de los conflictos bélicos significaron un duro golpe para las economías portuarias, sentenciadas con la paralización de las exportaciones laneras a Flandes a partir de 1570. .
La crisis de subsistencias derivada de la recesión debilitó a una población indefensa frente a las plagas que la diezmaron a finales del siglo XVI (epidemias de tabardillo y peste entre 1596 y 1599). Las villas sufrieron un largo declive económico y demográfico prolongado hasta entrado el siglo XVIII, reduciendo su actividad casi exclusivamente al comercio de cabotaje, canalizándose el exterior a través de Bilbao, al tiempo que el monopolio pesquero era erosionado por la competencia de nuevos puertos. No obstante Santander logró mantener su participación en la exportación de lana, ampliando su radio desde Dover y [[Londres hasta Amsterdam y Hamburgo a mediados del XVII, prólogo de la eclosión que la llevará a convertirse en la capital de la futura provincia. .
Culturalmente a partir del siglo XVI resurge el interés por los estudios relativos a Cantabria y los cántabros, apareciendo el problema de la localización del territorio que ocupó este pueblo. No será hasta el siglo XVIII cuando se zanje definitivamente la gran controversia sobre la situación y extensión de la Cantabria antigua gracias a obras tan trascendentales para el conocimiento de la historia regional como La Cantabria del padre agustino e historiador Enrique Flórez de Setién. Paralelamente a este interés por los cántabros y a la clarificación de la aludida polémica se aplicó el nombre de cántabro o Cantabria en el territorio montañés a diversas instituciones, organismos y jurisdicciones. .
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Una economía tradicional. Cambios y limitaciones
El descubrimiento y colonización del continente americano introdujo en Europa nuevos cultivos. Si la popularización de alubias, pimientos, tomates y patatas en Cantabria fue posterior, el maíz se expandió mucho antes con importantes consecuencias. Desde comienzos del XVII penetra desde la costa hacia el interior, potenciando relevantes transformaciones en la economía rural. .
Acondicionado con facilidad, desplazó a la deficitaria producción de unos cereales (trigo, mijo, cebada, centeno) mal adaptados al clima del cantábrico, incrementando la productividad de los terrazgos gracias a su integración las actividades agropecuarias. Así tras la recogida de la cosecha se permitía el acceso de las reses para que pastaran los restos herbáceos (derrota de mieses), fertilizando con ello la tierra. Se configuró así un paisaje agrario denominado de “campos abiertos”. .
Mejora en la dieta campesina que impulsó un discreto pero sostenido incremento demográfico, se pasa de 87.687 habitantes en 1534 a unos 130.000 en 1700, acelerado desde la segunda mitad del siglo XVIII (178.715 habitantes en 1822). Crecimiento desigualmente repartido, favoreciendo áreas costeras y valles en detrimento del interior montañoso. Sin embargo la adopción del maíz no logró superar los estrechos límites de la economía agraria cántabra, perpetuando el nivel de subsistencia que afectaba a la mayoría de las familias. .
Las alternativas a tal situación fueron la emigración a ultramar, las actividades complementarias desplegadas en tierras castellanas y andaluzas o la roturación de nuevas tierras (el arcaísmo y la falta de capital impedía un incremento de la productividad mediante innovaciones técnicas). Proceso, este último, que menguó las tierras comunales en beneficio de cerramientos particulares, provocando una competencia por el control de la tierra que afloró en forma de tensión social y violencia abierta. Fue un pulso desigual que benefició a grandes hacendados y propietarios acomodados frente a unos jornaleros y arrendatarios que no podían manipular laadministración concejil y de justicia a su favor, como sí hicieron los primeros. .
Las carencias de la producción agrícola impedían el desarrollo de otras actividades económicas, reducidas a rudimentarias labores artesanales ejercidas por campesinos que las compatibilizaban con sus ocupaciones agrícolas ( curtidores, carpinteros, alfareros, herreros). Producción de escasa comercialización centrada en satisfacer la demanda de las propias comunidades agrícolas. .
Fabricaban instrumentos de trabajos y menajes hogareños elaborados con técnicas tradicionales: hazadas, dalles, horcones, rastrillas, albarcas, cuévanos, carretas, redes para la pesca. Ente aquellos artesanos destacaron por su prestigio los maestros canteros (principalmente de Trasmiera), quienes imprimieron su huella en la arquitectura española edificada durante los siglos modernos. .
No obstante las carencias de aquella economía tradicional, a lo largo del siglo XVIII florecieron en Cantabria otras actividades que superaban el ámbito de lo artesanal para constituir verdaderas protoindustrias. Por su capacidad productiva y energías empleadas no podemos denominarlas industriales, pero sí alcanzaron un incipiente desarrollo sustentado en los recursos naturales de la región: hierro, madera y corrientes fluviales. Numerosas fueron las ferrerías, así como los molinos maquileros que aprovechaban la corriente de los ríos o la fuerza de las mareas. En los batanes se confeccionaban tejidos para uso doméstico a partir de lino y lana, en tanto que la zona de Sietevillas se especializó en la fabricación de campanas. .
Esta protoindustria rurales se vio extinguida por el incontenible empuje de la siderurgia industrial y la fabricación de tejidos de algodón impulsada por la Revolución Industrial a lo largo del siglo XIX. .
Diferentes fueron las fábricas que por iniciativa estatal se implantaron en Cantabria durante el setecientos. Construcción naval (Astilleros de [[Guarnizo) y producción de cañones (Liérganes y La Cavada) fueron orientadas a alimentar el rearme promovido por la nueva dinastía de los Borbones dentro de su política colonial. Las consecuencias para la región fueron nefastas. .
La voraz necesidad de madera que tales actividades necesitaron llevó a la Corona a imponer un estricto monopolio forestal sobre amplias zonas, privando de ese recurso a una población que lo necesitaba para la construcción de viviendas y cercados, la carpintería o como leña. Ecológicamente significó la deforestación de extensas áreas de la región, principalmente en las comarcas occidentales. Pese a todo, aquellas fábricas no sobrevivieron a la coyuntura crítica iniciada a finales de siglo, que acabó con unas actividades no enraizadas en la economía de su entorno territorial. .
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La expansión de Santander y la unidad provincial
Cantabria experimentará durante el siglo XVIII un evidente incremento demográfico, pasando de 130.000 a 180.000 habitantes en poco más de una centuria (1700-1822). Fue, no obstante, un crecimiento desequilibrado, concentrado en la franja costera –principalmente Santander y su entorno- y en los valles medios –destacando la cuenca del Besaya-, al tiempo que se experimentaba un descenso en la densidad de población en las áreas interiores y de montaña (Campoo y Liébana). Era, como antaño, una población eminentemente rural, no alcanzando el 75% de las localidades los 1.000 habitantes en 1787. Las únicas excepciones eran las cuatro villas costeras (San Vicente de la Barquera, Santander, Laredo y Castro-Urdiales), algo más populosas, seguidas por Reinosa y Santoña. .
Economía eminentemente agraria, estaba desde el siglo XVII orientada hacia el cultivo del maíz, no obstante algunas peculiaridades comarcales. Si Liébana destacaba por la implantación de la vid, en Campoo se mantenían los cereales tradicionales (trigo, cebada, centeno), mientras que en el Pas predominaban praderías y pastos ganaderos. Se trataba en todo caso de una agricultura de subsistencia, de baja productividad y escasos excedentes, en la que la ganadería jugaba un papel meramente complementario. .
Así, la combinación de un escaso desarrollo económico y la existencia de un moderado pero evidente crecimiento demográfico, no dejó de ser un incentivo para la emigración, estacional o definitiva, orientada tanto a otras regiones de España como a Ultramar. .
Sobre tales estructuras socio-económicas se erigían las tradicionales instituciones monopolizadas por élites locales deviejos linajes detentadores mayoritarios de la propiedad de la tierra. .
Por contraste, el crecimiento urbano y demográfico que convertiría a Santander en la capital del territorio vino de la mano de una floreciente economía mercantil desarrollada alrededor del puerto desde mediados del siglo XVIII. Impulsó el aumento sostenido y acelerado de la población, la regresión de las actividades tradicionales, mayor diversificación social y una mejor articulación con la Meseta. En definitiva una novedosa vertebración del tejido social de la ciudad, que arrumbaba con el tradicional marco feudal para configurar un nuevo mundo burgués. .
Apenas diferenciada de su atrasado entorno rural y agrario durante la primera mitad del la centuria, el despegue se producirá por iniciativa estatal con la apertura del camino que unirá Santander con la Meseta a través de Reinosa en 1753. El objetivo era eludir las exenciones fiscales del puerto de Bilbao para las exportaciones castellanas, canalizándolas a través de Santander. Concebida tal arteria comercial en principio para las salidas de lanas hacia Europa, la quiebra de este mercado reorientará el puerto santanderino hacia las exportaciones de granos y harinas castellanas con destino a los protegidos mercados españoles en América, desde donde se importarán productos coloniales (Reales Decretos de 1765 y 1778). .
El vertiginoso crecimiento de este tránsito mercantil impulsó tanto la expansión urbana y demográfica (de 2.500 a 5.000 habitantes en cincuenta años), como su diversificación social gracias a las nuevas actividades desarrolladas alrededor del puerto. .
Simultáneamente la antigua villa irá concentrando las instancias de decisión eclesial (Obispado en 1754), institucional (estatus de ciudad en 1755) y administrativa (Consulado del Mar en 1785), transformándose en la capital política y económica de Cantabria. Sin embargo este espectacular crecimiento no se constituyó en un factor de integración regional, ya que funcionó de espaldas a los potenciales recursos del territorio, configurando por el contrario un frágil sistema mercantil dependiente de mercados ajenos (castellano y antillano) y de una política estatal proteccionista. Tal fragilidad se hará patente cuando las bases de ese florecimiento se vean alteradas, coyunturalmente durante el cambio de centuria y definitivamente en el último tercio del siglo XIX. .
Sí consolidó en cambio una expansiva y cohesionada burguesía mercantil formada por comerciantes, navieros, y banqueros que, fusionada con los grandes propietarios rurales ávidos de participar en la nueva fuente de riqueza, se constituirá en la élite rectora de los destinos de la provincia creada a comienzos del XIX. .
Porque, efectivamente, a lo largo de la Época Moderna se había ido gestando una incipiente conciencia de identidad compartida por los habitantes de La Montaña, la cual contrastaba con la desvertebración de un territorio fragmentado en diversas jurisdicciones (real, señorial, eclesiástica), con diferentes modelos organizativos que se superponían entre sí generando abundantes conflictos, y que impulsaban a su vez una variedad de instituciones de gobierno: locales (concejo, juntas de valle, alfoces) o pertenecientes a instancias superiores (juntas generales, provincias, merindades), las cuales eran igualmente incluidas en circunscripciones administrativas y judiciales mayores (corregimientos). Así, la falta de unidad política y administrativa se mostraría cada vez más como un obstáculo para el progreso de la región. .
Este sentimiento potenciará, a lo largo del siglo XVIII, distintas y contradictorias iniciativas encaminadas a superar aquella situación: por un lado proyectos unificadores planteados desde ámbitos tradicionales que buscaban una mejor defensa de sus privilegios frente al afán uniformizador de un Estado en expansión y necesitado de crecientes ingresos; por el otro el interés de la surgente burguesía santanderina de estructurar un territorio alrededor de la ciudad que sustentara la economía mercantil garante de su prosperidad. Esta última será la que finalmente se imponga. .
Así, el alto grado de autonomía que disfrutaban las pequeñas entidades en que estaba fraccionado el viejo solar de Cantabria, conjugado con la proverbial pobreza de recursos, siguió siendo la razón principal de su debilidad, incrementada con el progresivo avance de la eficacia administrativa del centralismo borbónico, por lo que cada día se mostraba más evidente la imposibilidad de hacer frente en solitario a la multitud de problemas de todo tipo: desde las siempre difíciles comunicaciones hasta las trabas para el ejercicio de la justicia, desde las dificultades para el abastecimiento en épocas duras, hasta la saca indiscriminada de levas de soldados, y sobre todo la progresión de las imposiciones fiscales. Todo ello determinó que se aceleraran los contactos entre las villas, valles y jurisdicciones. .
Un primer intento unificador partió desde la Junta General del Partido de las Cuatro Villas, como medio de aunar esfuerzos contra la pretensión real de fiscalizar las mercancías importadas. Las Ordenanzas aprobadas en 1727, nunca sancionadas por la corona, pretendían regular el territorio comprendido por el Corregimiento de las Cuatro Villas, pero el proyecto no llegó a cuajar. .
Mayor recorrido tuvo el proyecto gestado en torno a las Juntas de la Provincia de los Nueve Valles, conducido por los diputados elegidos a través de los órganos tradicionales de autogobierno. .
Dos fueron los hechos que catalizaron la culminación del proceso de integración en este segundo intento: .
Por un lado el interés colectivo por evitar contribuir a la reconstrucción del Puente de Carlos III de Miranda de Ebro, según imponía la orden del Intendente de Burgos de 11 de julio de 1775, cuando aquel mismo año había sufrido Cantabria dos tremendas inundaciones: 20 de junio y 3 de noviembre. .
Por otro la necesidad de hacer frente mancomunadamente a la gran cantidad de bandidos que actuaban impunemente en Cantabria, ante la inoperancia de la justicia por la escasez de recursos. .
Tras la convocatoria enviada por el Diputado General de Nueve Valles para que acudieran a la Junta que había de celebrarse en Puente San Miguel el 21 de marzo de 1777, las jurisdicciones afectadas por estos y otros males, mandaron a sus respectivos diputados con poderes suficientes para que pudieran decidir el agregarles a la Provincia de Nueve Valles, según decían unos, para unirse y acompañarse, según otros, y en definitiva, para ser unos con los demás, como manifestó el Concejo de Pie de Concha. .
En aquella Junta General se establecieron las bases y se pusieron en marcha las gestiones que habrían de desembocar el año de 1778 en la unidad administrativa y jurisdiccional. Todo ello culminó en el éxito de la Asamblea celebrada en la Casa de Juntas de Puente San Miguel el 28 de julio de 1778, donde quedó constituida la Provincia de Cantabria, mediante el acto de aprobar las ordenanzas comunes, confeccionadas para aquel fin y previamente discutidas y aprobadas en los concejos de todas las villas, valles y jurisdicciones comprometidas. Eran, además de los Nueve Valles, Ribadedeva, Peñamellera, Provincia de Liébana, Peñarrubia, Lamasón, Rionansa, Villa de San Vicente de la Barquera, Coto de Estrada, Valdáliga, Villa de Santillana del Mar, Lugar de Viérnoles, Villa de Cartes y su jurisdicción, Valle de Buelna, Valle de Cieza, Valle de Iguña con las villas de San Vicente y Los Llares, Villa de Pujayo, Villa de Pie de Concha y Bárcena, Valle de Anievas y Valle de Toranzo. .
Escarmentados por el fallido intento del año 1727 el primer objetivo a cubrir consistió en conseguir la aprobación por el rey Carlos III de España de la unión de todos en una provincia, cuya ratificación la lograrían mediante real provisión el 22 de noviembre de 1779. .
Las veintiocho jurisdicciones que asumieron en primer lugar el empeño de crear la Provincia de Cantabria, postularon con toda claridad su voluntad de que en ella se incluyeran todas las demás que formaban el Partido y Bastón de las Cuatro Villas de la Costa. En consecuencia establecieron toda clase de facilidades para la integración, que podían realizar en cualquier momento que así lo solicitasen, sujetándose a las ordenanzas, con los mismos derechos y deberes de las fundadoras, en el plano de la más estricta igualdad. De este modo se fueron agregando la Abadía de Santillana, los valles de Tudanca, Polaciones, Herrerías, Castañeda, la Villa de Torrelavega y su jurisdicción, Val de San Vicente, Valle de Carriedo, Tresviso y las villas pasiegas de La Vega, San Roque y San Pedro, así como la Ciudad de Santander con su Abadía. .
A causa de la competencia de Laredo, el Ayuntamiento de Santander, que al comienzo había aceptado la titulación de Cantabria para la provincia creada a principios del siglo XIX, reaccionó después imponiendo que se la denominara con su nombre para que no hubiese duda alguna de cual era su capital. Cuando en 1821 la Diputación Provincial presentó en las Cortes constitucionales su proyecto definitivo sobre la fijación de los límites de la provincia y de los partidos judiciales, proponiendo la denominación de Provincia de Cantabria, el Ayuntamiento de Santander replicó imponiendo "que a esta provincia se le conserve el nombre de Santander". .
Aun así, muchos periódicos exhibieron en sus cabeceras el nombre de cántabro o Cantabria. .
Y Santander será finalmente el centro impulsor de una unión provincial auspiciada por el Estado. Los gestores de su economía comercial necesitaban garantizarse el control del territorio circundante, para consolidar y extender la economía de mercado gestada en la ciudad y acabar con las trabas institucionales que el Antiguo Régimen oponía a su enriquecimiento. El Estado absolutista primero y el régimen liberal decimonónico después coincidieron con esas pretensiones, interesados en las recaudaciones fiscales que proporcionaba la boyante economía santanderina. .
El conflictivo período que siguió a la Guerra de la Independencia retrasó la consolidación del proyecto, pero en 1833 se instauraba una Provincia de Santander con los límites territoriales de la actual Comunidad Autónoma. La nueva entidad administrativa y los ayuntamiento constituidos en 1835 sustituyeron, desde presupuestos más racionales, la tradicional estructura administrativa conformada sobre el territorio cántabro desde la Edad Media. .
Esta unidad administrativa no acababa, sin embargo, con la desvertebración económica y social que afectaba al territorio cántabro, perpetuándose a lo largo del XIX una región escindida en dos ámbitos contrastados: el núcleo urbano, costero, burgués y capitalista frente a un espacio rural, agrario y tradicional. Las graves carencias educacionales, estructurales y comunicativas constituirán serios obstáculos en la senda de una mejor integración regional. .
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Siglo XIX
Durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), el obispo Menéndez de Luarca, gran defensor del absolutismo, se erigió "Regente de Cantabria" y constituyó en Santander el Armamento Cántabro, un cuerpo del Ejército para salir a los puertos de acceso desde la Meseta para detener a los franceses. Fue derrotado, pero más tarde se reorganizó en Liébana bajo el mando del general Juan Díaz Porlier, llamándose División Cántabra, en la que había varios regimientos y batallones, como los Húsares de Cantabria (caballería) o Tiradores de Cantabria (infantería). Durante las Guerras Carlistas se formó una unidad denominada Brigada de Cantabria. .
Tras la reforma provincial de Javier de Burgos en 1833, en la que se mantiene el nombre de provincia de Santander, en 1847, Patricio de la Escosura, en un intento de regionalizar más la península, promulga un decreto el 29 de septiembre de 1847 por el que se dividía a la península en once Gobiernos Generales, denominando Cantabria al formado por las tres Provincias Vascongadas y Navarra, teniendo la capital en Pamplona, mientras que la provincia de Santander, junto a las de Burgos, Logroño y Soria. queda en el Gobierno General de Burgos, con capital en Burgos. .
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Siglo XX
El auge registrado por tales términos de resonancia ancestral a lo largo del siglo XVIII y todo el XIX, continuó pujante durante el siglo XX, adquiriendo un carácter político claramente regionalista hasta 1936. De hecho el Partido Federal elaboró un Estatuto de Autonomía para un Estado Federal Cántabro-Castellano en ese año, que no pudo aprobarse por el estallido de la Guerra Civil. Como consecuencia de la Guerra Civil y marginación subsiguiente de estas tendencias, se utilizó menos el nombre de Cantabria, que, a nivel oficial quedó relegado a las federaciones deportivas, únicas en las que Cantabria seguía figurando como región. .
En 1963 el presidente de la Diputación Provincial, Pedro Escalante y Huidobro, propuso recuperar el nombre de Cantabria para la Provincia de Santander, de acuerdo con un erudito informe redactado por el cronista Tomás Maza Solano. A pesar de las gestiones realizadas y del voto afirmativo de los ayuntamientos, la petición no prosperó, sobre todo por la oposición de nuevo del Ayuntamiento de Santander. .
El 30 de diciembre de 1981 concluyó el proceso iniciado en abril de 1979 por el Ayuntamiento de Cabezón de la Sal, bajo la presidencia de Ambrosio Calzada Hernández. Este municipio abrió el proceso previsto en el Artículo 143 de la Constitución Española que condujo a la Autonomía de Cantabria. Otros 85 ayuntamientos de la región y la Diputación Provincial se sumaron en los meses siguientes a la propuesta aprobada por el Ayuntamiento de Cabezón de la Sal. Cantabria basó su autonomía en el precepto constitucional que abría la vía del autogobierno a las "provincias con entidad regional histórica". .
La Asamblea Mixta, integrada por los diputados provinciales y los parlamentarios nacionales, inició el 10 de septiembre de 1979 los trabajos para la redacción del Estatuto de Autonomía. Tras la aprobación de éste por las Cortes Generales, el 15 de diciembre de 1981, el Rey de España firmó la correspondiente Ley Orgánica del Estatuto de Autonomía para Cantabria el 30 de diciembre de ese mismo año. De esta forma, la provincia de Santander se desvinculó de Castilla y salió del régimen preautonómico de Castilla y León en el que se encontraba junto con las provincias de Ávila, Burgos, León, Logroño, Palencia, Salamanca, Segovia, Soria, Valladolid y Zamora. .
El 20 de febrero de 1982 se constituyó con carácter provisional la primera Asamblea Regional provisional (hoy Parlamento). A partir de entonces el nombre de Provincia de Santander fue sustituido por el de Cantabria, recuperando así su nombre histórico. Las primeras elecciones autonómicas se celebraron en mayo de 1983. .
En el transcurso de la IV Legislatura (1995-1999) entraría en vigor la primera gran reforma del Estatuto de Autonomía para Cantabria, consensuada por todos los grupos parlamentarios. .
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